El PRI cambia de dirigente nacional en busca de enderezar una campaña que parece ya no tener remedio, sin embargo, las viejas artimañas aprendidas en su larga vida le dejan un halo de esperanza que parece no será suficiente en esta ocasión.
Con casi 90 años de vida, 70 de ellos en el poder y el dicho popular «más sabe el diablo por viejo que por diablo» jugándole en contra, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) sigue en su tendencia de dar bandazos en plena carrera presidencial. Entre el pintoresco (eufemismo) sexenio de Peña Nieto y el hartazgo de una gran parte de los mexicanos, el tricolor ha decidido cambiar de dirigencia nacional: se va Enrique Ochoa Reza.
Los ajustes en la campaña de José Antonio Meade eran necesarios y este es el primer movimiento, con el cual el PRI busca enderezar un poco el rumbo que parece no tener camino ni destino. Peña Nieto asegura que nadie negocia con él porque es el presidente y se mantiene al margen, que «los candidatos y sus campañas» no son asunto suyo. Siendo ingenuos le creeremos… no, ni los ingenuos se creen esa versión.
Si Meade no levanta es en parte por el descrédito del PRI a nivel nacional: con una nueva generación (anunciada con bombo y platillo por Peña Nieto) que salió igual o más abusada (eufemismo) que el viejo dinosaurio que la parió. Ex gobernadores perseguidos, una Casa Blanca, Odebrecht y desvíos estilo Rosario Robles son las nuevas caras de un monstruo que solo cambia de apariencia pero que en esencia es el mismo.
Otro factor que hunde a Meade es él mismo. Y no lo decimos solo porque no se dio cuenta de las travesuras de Robles en la Sedesol, lo decimos también porque parece que le falta sangre, agresividad, una voz más fuerte, que imponga en sus discursos. Si a esto le adicionamos la poca visión de Nuño y Lozano en la dirección de su campaña, tenemos un caos: un eclipse total. La luz ya no le llega al PRI.
Y este movimiento, dicen, es para acercar a Meade a las bases del partido. Porque al parecer René Juárez Cisneros será el sucesor de Ochoa Reza. Se trata de un hombre que inició su carrera política desde abajo, asumiendo cargos estatales hasta alcanzar la presidencia municipal de Acapulco; para después ser gobernador de Guerrero y llegar a la subsecretaría de Gobernación. Actualmente se desempeña (o desempeñaba) como coordinador de la campaña de Pepe Toño en la Cuarta Circunscripción, es decir, ya sabe cómo está la papa: caliente.
Aunque este movimiento del PRI se parece mucho a los cambios de director técnico que hacen los equipos de futbol a media temporada, cuando ya saben que no podrán recatar el torneo. Sí, lo hacen para que el que llegue ponga un poco de orden, cierre el torneo (en este caso candidatura) con la mayor dignidad posible y, sobre todo, para que empiece a planear la siguiente temporada.
Parece que la idea del PRI (ante la deprimente realidad) es ceder Los Pinos un sexenio más para reagruparse, esperar a que quien asuma el poder demuestre incapacidad y que esta situación le dé pie para salir a la palestra como una solución para las próximas elecciones presidenciales; sí, con Luis Videgaray o Miguel Ángel Osorio Chong como estandarte.
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