Cuando hablamos de Juan Diego Cuauhtlatoatzin pensamos inevitablemente en la Virgen de Guadalupe y cuando hablamos de Diego Armando Maradona nos remitimos invariablemente al futbol. De primera, podríamos pensar que solo tienen en común el nombre, sin embargo, estos dos personajes tienen algo más que los ligará por toda la eternidad.
Maradona y Juan, los Diegos que se inmortalizaron en la Ciudad de México - FOTO: HOY NOVEDADES

La fe es ese fenómeno tan irracional que es capaz de convertir a un indígena en santo y a un futbolista en dios.

Cuando hablamos de Juan Diego Cuauhtlatoatzin pensamos inevitablemente en la Virgen de Guadalupe y cuando hablamos de Diego Armando Maradona nos remitimos invariablemente al futbol. De primera, podríamos pensar que solo tienen en común el nombre, sin embargo, estos dos personajes tienen algo más que los ligará por toda la eternidad.

Juan Diego, el indígena mexicano que se encontró a la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac fue canonizado. La Iglesia católica pide los siguientes requisitos para santificar a un mortal: 1) Ser siervo de Dios. Es decir tener o haber tenido una vida «ejemplar y virtuosa». 2) Ser venerable. Poseer virtudes heroicas para ganar esta etiqueta. 3) Ser beato. Este grado se gana con un milagro por intersección. 4) Otro milagro ya como beato.

El Diego mexicano, de origen chichimeca, cumplió con los cuatro requisitos y el entonces Papa Juan Pablo II lo elevó a otro nivel en la fe católica en el 2002. Tuvieron que pasar alrededor de 500 años para que esto fuera posible. Al otro Diego, el argentino, le bastaron 30 días para alcanzar la etiqueta de dios, aunque no para la fe católica sino para la incomparable fe argentina por el futbol.

Si bien Maradona profesa la fe católica, está lejos de ser siquiera beatificado. Su episodio con la cocaína sería el primer y más fuerte impedimento, con esto rompe el primer requisito, porque su vida dista de ser «ejemplar y virtuosa». Diego es un ser rebelde y contestatario por naturaleza: amigo de Hugo Chávez y Fidel Castro, seguidor del Che Guevara, a quien venera con un tatuaje en el brazo. En la Iglesia católica, el argentino, a lo más que aspiraría, sería a ser una especie de Lucifer moderno, un ángel que por sus errores se convirtió en demonio.

No obstante, para los argentinos Maradona es D10S. Esta divina etiqueta que le dio su pueblo se la ganó en el Mundial de México 86. Le bastaron siete partidos y cinco goles. Si nos basamos un poco en los requisitos católicos, Diego se hizo venerable, beato y santo el 22 de junio en los cuartos de final ante los ingleses.

A ocho días de que se habían cumplido cuatro años de la rendición de Argentina en la Guerra de las Malvinas, Maradona vengó a sus compatriotas caídos con un balón como arma. Ese día Diego salió decidido a hacer su justicia, llevando como estandarte su calidad y coraje. «Reivindicación política» le llama Juan Villoro a tan recordado partido.

Anotó un gol con la mano, como burlándose de los inventores del futbol con una trampa que pasó a la historia. Pero no quiso que su gesta heroica fuera demeritada. Entonces minutos más tarde tomó el balón en media cancha y empezó a driblar rivales; dejó atrás a seis ingleses (incluido el portero) para meter uno de los mejores goles de la historia.

De esta forma, Diego dejó al mundo boquiabierto y a los ingleses sin argumentos para demeritar su triunfo, ni siquiera el gol con la mano. Puedo asegurar que ese día los argentinos lo beatificaron.

Pero el 29 de junio de 1986 en el Estadio Azteca, Maradona se convirtió en dios. La final del Mundial contra Alemania fue suficiente. Diego le dio a Argentina su segundo título mundial en la Ciudad de México, a poco más de 20 kilómetros del cerro del Tepeyac, en donde la Virgen de Guadalupe se le presentó a Juan Diego. Sí, la capital de nuestro país fue donde inició la inmortalidad para los dos Diegos.

 

Gustavo «El Displicente»

HOY NOVEDADES/LIBRE OPINIÓN