Por Cecilia Ramírez
Emanuel es el nombre de uno de mis grandes amigos, nos conocimos en la secundaria. Desde hace unas semanas sabía que algo no andaba 100% bien con él, no sé cómo, pero lo sabía, tal vez las palabras que usaba en sus mensajes, tal vez las expresiones, no sé con exactitud, pero de algún modo sabía que las cosas no estaban del todo bien.
Su apellido y el mío comienzan con la misma letra, así que, a la hora de hacer equipos escolares, o cuando nos asignaban los lugares dentro del aula, siempre nos tocaba juntos. Él es cautivador, más que guapo, y tiende a ser asediado por chicas muy lindas; es moreno, tiene los ojos marrón más comunes del país, sin embargo, cuando sonríe aquellos círculos se convierten en una suerte de hipérbole y las líneas que se forman a un lado de sus ojos, mejor conocidas como «patas de gallo», junto con los hoyuelos de sus mejillas, lo hacen, de algún modo, irresistible. Afortunadamente yo repelo sus encantos sonrientes y sólo soy testigo de cómo las chicas son cautivadas por el hechizo de aquel simple y llano gesto facial. Aunque debo aceptar que es buen conversador, y rara vez te aburres con las ocurrencias intermitentes en sus pláticas.
Cuando me dijo que nos encontráramos, a pesar de que casi no tengo tiempo, sin dudar le dije que sí, porque en verdad, el palpito del que tanto hablan las madres y del que tanto nos burlamos los hijos, existe. Nos saludamos gustosos y el cariño no había mermado a pesar del tiempo en el que nuestra relación de amistad se había limitado a mensajes y comentarios en redes sociales. Luego de un par de preguntas básicas, me dijo: «hace varios meses que no me he sentido bien», yo no dije nada. Ya lo sabía. Decidí no abrir la boca con preguntas que restringieran su relato y dejé que él continuara contándome: «estoy enfermo, pero fue hasta hace muy poco, que fui al doctor, él me confirmó que mis síntomas son de un padecimiento y por mi desidia o miedo, me dijo que ya es tarde para hacer cualquier cosa». Yo escuché sus palabras y no quise moverme, como si lo que me acababa de decir fuera un paralizador instantáneo, como si no mover un sólo músculo lo ayudara o me ayudara a hacer más liviano el golpe, como si parpadear no fuera una opción.
Luego de que me contara los detalles de cómo todo empezó, cómo fue el durante y hasta los minutos antes de llegar a nuestra cita, me comentó que, a pesar de que ya toda su familia lo sabía, quería decírmelo a mí, porque no era lo mismo decirle a sus padres, icecasino ―con la sonrisa cautivadora al tiempo en que les tomaba las manos y les decía que todo estaba bien, que era el hombre más feliz― que decírmelo a mí, con la que se podía romper, a la que le podía confesar que tenía miedo, que tenía insomnio, que pensaba mucho en su muerte, que conmigo podía llorar. Por supuesto que a mí me afectaba sobremanera, que sentía una vorágine de impotencia y terror pasar por todas mis venas, pero no podía decirle. Tenía que demostrarle que no se había equivocado en tenerme la confianza.
Había muchas cosas en su cabeza, sin embargo, eran dos las que no lo dejaban dormir: la primera era que se sentía incompleto, le entraba una duda que carcomía su ser, se preguntaba si, de haber seguido las reglas sociales-morales, es decir, haberse casado con la novia economista, doctora o empresaria y él haber tenido un puesto ejecutivo, tener a su primogénito, tener un álbum de fotos de la boda, de sus viajes en pareja y todas esas cosas lo harían sentirse menos incompleto. ¿Cómo él podía preguntarse eso en tales circunstancias?, ¿cómo es que las reglas de la sociedad lo hacían sentir tan mal en esos momentos? La otra cosa que lo mantenía insomne era: ¿con qué dinero me voy a morir? Él no tenía el trabajo ejecutivo, era un «Godínez», sin muchas prestaciones y con un salario raquítico, no era que tuviera miles y miles de pesos ahorrados (porque son miles y miles y miles de pesos lo que cuesta un funeral y sus adyacentes), porque, siendo sinceros, nuestra generación está siendo duramente castigada, con sueldos bajos, rentas altísimas y trabajos que llevan a la nueva esclavitud a otro nivel. Así que él me decía una y otra vez: «Cecilia, nosotros estamos en la generación de trabajar hasta morir y más nos valiera morir pronto y sin enfermarnos, porque ahí sí, ya estamos jodidos, pues nos despiden y adiós seguro, adiós dinero y adiós medicinas. Estamos condenados». Él estaba sumamente preocupado por dejar una tremenda deuda a sus padres, pues, morirse cuesta caro.
Le doy toda la razón a lo que me dijo, y me pregunto ¿en qué clase de mundo vivimos, desensibilizado, deshumanizado? en donde el desahuciado, en lugar de disfrutar lo que le resta de vida, está más preocupado por lo que su funeral va a costar, estresado por no haber cumplido con las expectativas de una sociedad que, tristemente, aún no entiende de diversidad.







