Las malas prácticas se repiten cada seis años, solo cambian los años.
Anaya ha decidido replicar un modelo similar al de Monex, el cual tuvo éxito y pasó inadvertido para la justicia mexicana.
Enrique Peña Nieto tiene los días contados en Los Pinos. Un sexenio que a su partido se le ha hecho tan largo como un siglo por los continuos episodios que el copetudo no ha sabido solventar y tan efímero como un suspiro porque parece que el poder se les irá de las manos. Fue hace solo seis años que el representante de «Atracomulco» y su maquinaria ávida de regresar al gobierno federal tras 12 años distribuía las tarjetas Monex, algo similar a lo que hoy hace Ricardo Anaya con los plásticos en los que promete 1 500 pesotes si gana la presidencia.
Para darle seguimiento a este hecho se creó la Comisión Monex (integrada por diputados federales del PRD, PT y Movimiento Ciudadano) mientras Peña Nieto ya lucía la banda presidencial. Fueron dos años los que tardó en emitirse la resolución del entonces Instituto Federal Electoral (IFE), con aval del TEPJF, en la que se concluyó que el origen del dinero era legal y que de ninguna manera se pudo comprobar que las tarjetas se usaron para comprar votos. Bueno, hay cosas tan claras que se hacen invisibles y pasan inadvertidas para la ley.
En ese 2012 el PAN y el PRD condenaron las 7 851 tarjetas Monex con las que el tricolor repartió 66 millones 326 mil 300 pesos y ahora se vale de una estrategia similar para catapultar a su candidato. O sea que cuando el oponente lo hace está mal, pero ahora que yo lo hago es válido; o será que apelan al estéril juego de «sí, hago trampa pero también los demás lo han hecho».
Sin embargo, el ahora Instituto Nacional Electoral (INE), siguiendo la inercia torcida de su predecesor el IFE, ya dijo que no va a suspender la circulación de las tarjetas de Anaya. El argumento es parecido al que se usó con Monex, que se trata de «la libertad que tienen los partidos para promover su plataforma de gobierno». En pocas palabras todos pueden valerse de la compra de votos, tal vez sea para que nadie se queje y estén en igualdad de condiciones. Vaya democracia, vaya representantes y vaya ciudadanos.
Porque no podemos dejar de resaltar el cinismo de AMLO, quien en más de una ocasión ha declarado que la gente puede aceptar el soborno del PRI y PAN pero a la hora de ir a votar voten por «quien quieran». No parecen palabras dignas de un político que se jacta de representar la tercera transformación del país y de querer hacer historia como el mejor presidente de México. Con qué cara sale el tabasqueño a decir que terminará con la corrupción cuando él mismo la incentiva de alguna forma.
Ahora enfoquémonos en los votantes. En esos que aceptan a cambio de su voto ya sea dinero, despensas o cualquier presente. No podemos pedir un gobierno digno cuando nosotros no mostramos ni un ápice de amor propio; si hacemos gala de voracidad inmediata y visión pequeña aceptando una limosna en lugar de reclamar con un voto razonado y maduro lo que nos merecemos.
La rapiña no puede ser juzgada por pequeños oportunistas que cada seis años ven la puerta abierta a la mediocridad y a una zona de confort que no tiene nada de cómoda. Lamentablemente somos la principal gasolina de Monex y muchas tranzas más.
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