Game Over…
Game Over…

Tuvieron que pasar cerca de tres años para comprobarse que el presidente norteamericano Donald Trump o algún integrante de su equipo de campaña no participaron en el Rusiagate, uno de los escándalos internacionales más grandes en la historia del vecino del norte.

Si bien Trump (su campaña) fue absuelta, la injerencia rusa y el hackeo a las cuentas en redes sociales del Partido Demócrata son una realidad, tanto así que el fiscal especial para el caso, Robert Mueller, presentó cargos contra militares rusos partícipes en el robo de identidades y saqueo de información personal.

De acuerdo con el informe de Mueller, el Gobierno de Putin consideró que una victoria de Trump traería más beneficios a su país, por lo cual «trabajó para asegurar ese resultado», sin embargo, aunque integrantes de la campaña del ahora presidente, sí recibieron información de los rusos, las pruebas recabadas no son suficientes para hablar de un trabajo coordinado entre ambas partes.

Pese a la respuesta de Trump —muy a su estilo—, la pasada contienda electoral que llevó al magnate a la presidencia, no solo pasará a la historia por el arribo de éste a la Casa Blanca; también se asegurará un sitio en la historia de Norteamérica por haber permitido la intromisión de un gobierno extranjero (el rival histórico) en un proceso democrático.

Así, aunque Donald Trump haya exhibido su entusiasmo con la frase «No collusion. No obstruction. Game Over», el juego no está ni cerca de terminar, pues, si bien su mandato se encuentra a la mitad del camino, aún falta saber cómo reaccionará el pueblo estadounidense a la injerencia rusa, algo que lastimó el nacionalismo norteamericano y que podría tener consecuencias sustanciales para el futuro presidencial.

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