Jaime Camarena y Edisel Cruz dirigen En Código Bolero: La dulce limerencia.
En Código Bolero: La dulce limerencia, una danza avivada por el amor y la nostalgia a través de la radiodifusión, el teatro y la poesía.
Temporada de danza 2017
Sábado 29 de julio, 19:00 horas, Palacio de Bellas Artes. Agrupación A Poc A Poc: En Código Bolero: La dulce limerencia. INICIANDO NO HAY RETROCESO…
En la era de los smartphones y las redes sociales reconfiguramos al mundo como un «algo» mecánico que, no obstante, no se contrapone del todo con las creaciones más antiguas de la inventiva humana como «el amor». Pues al tiempo en que nos convertimos en cuasicyborgs con WiFi incluido ―que ya es parte fundamental de nuestro narcicismo posmoderno―, continuamos padeciendo el amor con una dulce limerencia que impide el desapego emocional a un pasado cada vez más inconcreto. Porque, en el mundo digital, el amor no es del todo correspondido, en tanto que aún no hemos encontrado el lenguaje binario que permita a las máquinas enamorarse de nuestra imperfección.

Con ese contexto, la interdisciplina artística es el eje central de En Código Bolero: La dulce limerencia, pues, por más extraño que parezca, desde las butacas escuchamos la representación teatral y dancística de un programa de radio de boleros interpretados por la voz, el piano, el cuerpo y la frecuencia de ondas sonoras esparcidas desde una consola, bajo la conducción de un locutor mejor conocido en el mundo underground del spokenword como Rojo Córdova.

Es decir, teatro, danza, música y poesía se conjugan en un mismo (no) espacio atemporal para dar vida a una nostalgia estética.
Cabe destacar que el escenario se transforma en un (no) espacio, en tanto que la radio funciona con una voz en off, capaz de vincular espacios y temporalidades a distancias inciertas, generando un limbo en el que la imaginación da cabida a innumerables danzas que, en esta ocasión, son materializadas por: Stephanie García, Dania García, Carina Herrera Luna, Carlo Antonio Huerta, Jorge Emmanuelle Sanders, junto con Gabriela Rosero y José Ramón Corral como bailarines invitados; así como Lila Méndez Pap en el diseño de vestuario, Fernando Feres en escenografía e iluminación ―mismas que se mueven constantemente al ritmo de las corporalidades (no) imaginarias que construyen el (no) espacio― y Rodrigo Castillo Filomarino en el diseño sonoro y piano en vivo.
En el escenario, la agrupación mexicana A Poc A Poc ―dirigida por Jaime Camarena, director y coreógrafo, y Edisel Cruz, director artístico y bailarín― reflexiona en torno a la nostalgia en un (no) espacio atemporal en el que conviven presente, pasado y futuro, a través del arte, de la radiodifusora XH APOC: «Tu estación del recuerdo» y del discurso amoroso existente en la orbe de las redes sociales.

Además, en ese (no) espacio percibido por radioescuchas imaginarios, el poeta spokenwordero, disfrazado de locutor, es una especie de conexión entre los diferentes planos que cohabitan el recinto: la cabina de la radiodifusora, los radioescuchas del plano ficcional, los espectadores del plano «real» y los bailarines que con sus contorsiones y movimientos estéticos dieron vida a cada uno de los boleros.
De esa manera, el pasado 29 de julio, el Palacio de Bellas Artes se fragmentó en un espacio dedicado a la locución, al canto, a la interpretación de boleros en piano, a la locución, a la poesía, a la danza y a la representación corporal de la música dividida entre el amor y el desamor.
Asimismo, con estos elementos confrontados y adquiridos de temporalidades distintas ―los boleros del siglo XIX, los albures en los comerciales y las redes sociales de inicios del XXI―, se genera un diálogo impersonal, en el que los cuerpos y la música son los protagonistas, quienes se dejan guiar por el ritmo de las canciones cuyo discurso amoroso no es del todo positivo, pues en ocasiones, son el desamor y el sufrimiento los pilares de cada verso, ahí, la dulce limerencia.

Limerentes
Mejor conocida como la enfermedad del amor, la limerencia En Código Bolero, parece concebirse como una obsesión amorosa, en la que hombres y mujeres son sometidos a una realidad que se retuerce en el discurso amoroso, experimentado no solo en un contexto cuasicibernético, sino literario y neoliberal.
Cuasicibernético, en tanto que las corporalidades entregadas a la danza, resurgen de la nada, de lo no observado (la voz en off), de lo padecido y de la interconexión del locutor con sus radioescuchas imaginarios, con quienes se comunica a través de las redes sociales y de la emisión de la XH APOC.
Lo limerente radica en que, a través de las frecuencias sonoras, sigue siendo perceptible la necesidad de los cuerpos de acercarse, de bailar, de cantarle a un amor que apenas se ha resignificado a lo largo de los siglos; como en un intento por entenderse mortales, al tiempo que los receptores imaginarios trasladan, al lenguaje binario, sus deseos por ser complacidos con los boleros emitidos por la radiodifusora del recuerdo.
XH APOC «Tu estación del recuerdo» contrasta con lo contemporáneo, con el tiempo «real» en el que la comunicación se ha vuelto más visual y furtiva. Al igual que el amor, como un sentimiento doloroso tanto en la monogamia como en la poligamia, pues «es cool y rebelde» no fomentar la responsabilidad emocional y convertir toda idea amorosa en una batalla épica cuyo propósito es la conquista de cuerpos ajenos. El poliamoroso vuelve suyo lo que tienta y multiplica al danzar, mientras que el monógamo se mantiene inmutable en un estado de pertenencia, volviendo una y otra vez, a la idea pura de la propiedad privada: El amor parece ser el mismo a través de los años y sus formas de expresión.
El amor es atemporal, no cambia y es limerente en tanto que el discurso literario, desde el amor cortés, ha justificado el sentido de pertenencia y los celos; por otro lado, en el neoliberalismo se ha transformado en una obsesión mítica, una meta inherente al ser humano y un placebo con rostro de felicidad, en una sociedad en la que, hasta el dinero se ha disfrazado de libertad.
No obstante, en la limerencia no todo es sufrimiento, así como los cuerpos que padecen esta enfermedad se regocijan con sensaciones positivas cuando ven al ser amado; los espectadores del espacio «real» sueltan carcajadas cuando escuchan que, dentro de un recinto casi sagrado ―en el que está prohibido bailar salsa, por considerarse vulgar― comienza a retumbar la ingeniosa publicidad de antaño, repleta de albures y doble sentido:
«Caballero, hágasela suave y placenteramente. Su afeitada le proporcionará un suave placer con la crema de afeitar Mennen».

«Señorita, si su mamá se mete el dedo y su hermana también…, no haga, usted, lo mismo: use palillos para dientes El pingüino».
Entonces en el templo casi sagrado, se desconfigura la retórica publicitaria ―que ha entrañado tanto sus raíces en el arte mismo― y su objetivo, opuesto al arte contemporáneo, ya no es el consumo; sino el esparcimiento, el regocijo, la risa.
Ese eco, más tarde se vuelve silencio en la diversidad de las múltiples corporalidades que, en cada danza, conforman un solo cuerpo, un solo devenir.
El vestuario tampoco se apega al estereotipo del bolero, los cuerpos casi desnudos se entrelazan y se transfiguran en sombras y objetos; el ser es moldeable, intermitente y limerente.
En Código Bolero: La dulce limerencia, el «objeto amado» no es humano, sino la poiesis misma, el eros platónico entendido como la creación poética (artística) y la obsesión menos o más dañina ―según la percepción urbana o académica―, es la transmutación de los discursos, su reconfiguración y cambio de contextos: La radio ya no es un «algo» que se escucha a través de un aparato, sino una representación visual que requiere el uso de más de un sentido, para ampliar la percepción del espectador, imaginario y «real» ―sólo tú sabes con cuál identificarte―, a los distintos planos y atemporalidades que lo rodean.
[RESEÑA]
Mimí Kitamura
HOY NOVEDADES/ENTINTADOS







