Las renegociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) entre Estados Unidos, Canadá y México se han suscitado en un entorno complejo: con Trump y su visión hostil nacionalista y con México en plena transición del gobierno federal. Si bien hace unos días se anunció un acuerdo bilateral entre las naciones divididas por el río Bravo (en el que los de la hoja de maple quedaron de lado) la incertidumbre sigue latente.
El presidente norteamericano ha empezado desde hace unos meses una guerra comercial con algunos de sus aliados internacionales, incluidos México y Canadá, quienes respondieron a los aranceles del magnate con medidas similares. Pero Washington sabe que sus vecinos, sureño y norteño, son indispensables en su empoderamiento geográfico, por mucho que Trump lo discuta y busque ser autosuficiente.
Tan es así que el máximo representante de la Casa Blanca acaba de declarar que «probablemente» el fin de semana se cierre el acurdo con Canadá. Eso sí, el republicano mantuvo el discurso dominante y apuntó: «les dimos hasta el viernes». Trump siendo Trump. Por otro lado Justin Trudeau, primer ministro canadiense, manifestó su optimismo por concretar el convenio, lo que de alguna forma habla de la presión que Washington ejerció con el anuncio del acuerdo con México.
Mientras tanto en nuestro país la Cámara Nacional de la Industria del Hierro y el Acero (Canacero) ya levantó la mano y fue tajante al indicar que el gobierno está obligado a defender los intereses nacionales. Porque el sector del acero y aluminio mexicano sigue pagando impuestos del 25 por ciento en sus exportaciones, por lo que es incomprensible que se cierre un acuerdo comercial con las condiciones dictadas por Estados Unidos, las cuales afectan directamente a la industria siderúrgica de México.
Como puede notarse los movimientos de Trump en el tablero son astutos. Primero amenaza a México con abandonar el TLCAN para forzarlo a aceptar sus condiciones y, posteriormente, se vale de este convenio para atraer a Canadá, quien de repente se quedó «sin aliados».
Pero el tan sonado acuerdo entre México y Estados Unidos fue solo parte de un teatro, porque para que el gobierno de Estados Unidos pueda cerrar un acuerdo bilateral es preciso que el Congreso dé su aprobación. De tal forma que si Washington pretende en algún momento acuerdos por separado, deberá esperar algún tiempo, no se trata de un asunto visceral e intempestivo como las declaraciones de Trump. El magnate puede decir y tuitear lo que quiera pero a final de cuentas debe ceñirse a un TLCAN que si bien luce disminuido no morirá de un momento a otro.
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