La plaza del ajolote.
Treinta años de espera, pero la democracia llegó y con ella un remanente de aquel lejano 1988, eso sí, ahora santificado.
Han transcurrido ya treinta años desde una de las escenas más oscuras de la política nacional, la noche del 6 de julio de 1988 quedó grabada en la memoria de toda una generación, aterrada por el hurto de la democracia mexicana, que vislumbró los alcances del institucionalismo priista y colocó los cimientos de la larga lista de favores partidistas, todos ellos, a costa de un pueblo entero.
Manuel Bartlett, entonces secretario de Gobernación, fue el encargado de organizar las históricas elecciones presidenciales de 1988, donde Carlos Salinas de Gortari, el gran villano de la democracia mexicana, derrotó —así lo dice la historia oficial— a Cuauhtémoc Cárdenas, el primer opositor real al régimen postrevolucionario.
Cuenta la historia que el conteo rápido —novedoso en ese entonces— vislumbraba un panorama oscuro para el candidato del partido oficial, razón por la cual, desde la Presidencia de México, Miguel de la Madrid —al menos en la versión de Bartlett— ordenó a Jorge de la Vega Domínguez, entonces presidente nacional del PRI, salir y reconocer como ganador a Salinas de Gortari.
La transición del 6 al 7 de julio del ahora lejano 1988 ensordeció al pueblo mexicano que, ahogado en la euforia, retumbó las calles del país y la cámara de diputados al grito de «¡Fraude!», un grito de guerra que recobró fuerza en el año 2006, pero que tardó 12 años más en diluirse y convertirse en la «Esperanza de México».
En el pasado cercano, José Antonio Meade Kuribreña, uno de los ahora vencidos por el mesías de la democracia, sufrió las consecuencias de aceptar ser la imagen del partido más señalado y corrupto de la política mexicana; arropado por una camiseta con un enorme peso histórico, le fue imposible convencer, a toda una nación desgastada, que no era culpable del pasado tormentoso del PRI.
A Meade no se le señaló por corrupción, desvíos de fondos, malversación de recursos públicos o por conflictos de interés, su honorabilidad quedó inmune, pero fue criticado por adoptar las malas praxis de su partido —aunque él lo siga negando— y, sobre todo, fue acusado por omitir la interminable serie de irregularidades cometidas durante las administraciones de Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto.
Como a Meade, a Bartlett se le ha señalado por su participación silenciosa e institucional en los comicios de 1988, al frente de la Comisión Federal Electoral. Si bien no la orquestó, sí fue partícipe y testigo de la conveniente desinformación, que culminó por llevar a la silla presidencial a Salinas de Gortari.
El ahora propuesto para tomar las riendas de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), guardó silencio durante la llamada «caída del sistema» y, como titular de la dependencia electoral, fue señalado como el principal responsable del fraude. Aunque años después, él mismo identificara a Calderón, Salinas y Diego Fernández de Cevallos, como los verdaderos culpables, por mandar a quemar las actas electorales. Lo cierto es que el propio Diego, habla de un sistema callado, no caído.
Sin embargo, ser parte del gabinete presidencial que retrasó 30 años la llegada de la democracia a la política mexicana y secretario de Educación Pública durante la administración que se presume robó la presidencia a Cuauhtémoc Cárdenas, debe ser una lápida enorme, una huella imborrable en el currículum de cualquier político. Pese a caer en las manos del mesías, las malas costumbres del PRI —si no preguntémosle a Meade— son fáciles de absorber, más cuando están cargadas de dinero y los remanentes del fraude, sea el suyo o el de Cárdenas, persiguen a Obrador a donde quiera que vaya.
Es así como el escrutinio público no dejará de identificar a los allegados al PRI, como parte, activa o pasiva, de una clase política aferrada y temerosa por dejar el poder; servidores públicos omisos a las violaciones a la ley y, en muchas ocasiones, cómplices directos o discretos de un afrento a la democracia mexicana. Mientras tanto, uno ya descansa de la paliza recibida en la pasada campaña electoral y el otro se prepara para dirigir a una de las dependencias federales más señaladas en los últimos tiempos. Tal vez en tres décadas, llegue el momento de Pepe Toño.
Por: Ernesto Jiménez
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