La plaza del ajolote
Una lucha por erradicar el cambio
Quién hubiera imaginado que, en Guanajuato, cuna del panismo actual, existiera un grave problema de huachicol y grupos criminales; la misma entidad que vio nacer al expresidente Vicente Fox y su rancho (museo o monumento a la egolatría) y el lugar elegido por Carlos Fuentes para relatar sus buenas conciencias.
Apenas 100 días después de asumir el cargo, el señor López (como se hartó de denostarlo Enrique Ochoa) libra, en tierras de Fox, una de las principales batallas de su administración, con la intención de desmantelar al Cártel de Santa Rosa de Lima (CSRL), un grupo criminal que creció con la complacencia de las autoridades locales y pasó desapercibida por los últimos ocho gobernadores panistas.
Aunque alcanzaron la «fama» nacional con la presunta amenaza dirigida hacia el presidente Obrador, el CSRL lleva ya un tiempo disputándose el territorio con el CJNG, una de las organizaciones criminales más fuertes del país: el huachicol y el trasiego de drogas, son sus principales fuentes de empleo.
No sorprende entonces porque se incrementó su visibilidad tras el ascenso al poder del líder de Morena, quien inició una batalla frontal contra el robo de hidrocarburos, «fuente de empleo bastante fácil» y cerró las válvulas que entregaban millones de pesos al crimen organizado y delincuentes de cuello blanco.
En esa tierra de huachicol y panistas, se encontró una toma clandestina a metros del Centro Fox, curiosamente nadie la vio, tal vez opacada por la millonaria arquitectura de sus instalaciones: refugio de políticos, centro cultural y una tremenda ganancia por asumir durante seis años la presidencia de México.
Férreo rival del tabasqueño, el del bajío se ha lanzado de manera constante contra sus campañas, sus propuestas (algunas) y su gobierno, con descalificativos que deambulan entre lo risorio y lo incongruente, parece (en muchas ocasiones) olvidar sus tiempos en la silla presidencial, cuando poco pudo hacer para promover el cambio del país, la democracia y la corrupción se le escaparon de las manos.
Aunque Fox no fue el primer gobernador panista de Guanajuato, su llegada a la presidencia de la República colocó las bases para una dinastía blanquiazul que prefirió cerrar los ojos al incremento de la delincuencia en la región; su sola promesa de un cambio permitió el deterioro del PRI en el estado y garantizó la llegada de seis compañeros más al Gobierno.
Sin embargo, el recién ataque a las oficinas de la Fiscalía General de la República (FGR) en Irapuato, aunado a los bloqueos carreteros y enfrentamientos entre militares y pobladores denotan un mal que prevaleció a discreción de las autoridades, una fuente de empleos que formaron un tejido social en extremo peligroso para la estabilidad, pues en la nómina del CSRL se identificó a varios pobladores.
Su tarea era salir a manifestarse, bloquear caminos y generar desconcierto entre autoridades y población, ancianos, mujeres, jóvenes y niños se convirtieron en los peones que inician la avanzada, bajo la promesa de llenar sus bolsillos con unas cuantas monedas, emanadas principalmente de la ordeña de ductos.
En 2019 no solo se celebran 500 años de una batalla armada y cultural que a la postre se convertiría en lo que hoy llamamos México, también se anuncian los primeros 100 días de un gobierno que está siendo incómodo en demasía, develando axiomas partidistas que permitieron la creación de un país dividido en regiones, controlado por criminales —otra vez de cuello blanco— que por décadas hicieron suyo lo que era de todos.
A la llegada de Fernando Cortés y sus soldados, el imperio mexica dominaba la región, su embestida y posterior derrota de Tenochtitlan, fueron incentivadas por el despertar de los rivales de Moctezuma, quienes vieron en los europeos la oportunidad de quitarse el yugo de los hijos de Huitzilopochtli: no eran invencibles y su caída representaba (tal vez) el inicio de un mejor futuro.
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