La caída del último tlatoani
La caída del último tlatoani

La plaza del ajolote

Lo bueno no se cuenta, pero cuenta mucho.

Después del homicidio de Moctezuma Xocoyotzin, su primo Cuitláhuac fue el encargado para sucederlo en el poder; joven, guerrero y respetado, el nuevo emperador Mexica cayó ante las garras de una enfermedad ajena. Entonces, el trono llegó a manos del último tlatoani: Cuauhtémoc fue el elegido para ver derruida su ciudad; su imperio, tras 200 años de grandeza, llegó al momento del final y, con ello, el último discurso.

Resguardado en Tlatelolco, Cuauhtémoc fue testigo de la última batalla de los mexicanos, observó los cuerpos flotantes en los canales de la ciudad, nadando en aguas salitrosas y teñidas de sangre, el olor a muerte allegado a las piedras de una ciudad destruida, triste y en ruinas. Llevado ante Cortés, el primo de Moctezuma reconoció su destino y, con lágrimas en los ojos, pidió al conquistador terminara con su vida.

«Señor Malinche: ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi ciudad y vasallos, y no puedo más, y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma luego ese puñal que tienes en la cinta y mátame con él», refieren varias de las crónicas de la conquista. Sin embargo, las palabras de Cuauhtémoc, pronunciadas en náhuatl, pasadas al maya y luego al español, cayeron en el conquistador como una súplica —tal vez de temor— para terminar rápido con su vida.

Así fueron sus últimas palabras como gobernante del imperio mexica, aunque su muerte se prolongó por unos cuantos años más, algo similar (pensé) al último discurso del presidente Peña Nieto, quien dirigió unas palabras a la nación y entregó su último informe de gobierno: cargado de una serie de publirreportajes para fortalecer la consagración de sus «compromisos cumplidos» y disimular —si es que se puede— el mal actuar de sus seis años de administración.

La similitud —aclaro— es solo por tratarse de su último discurso oficial, porque Peña prefirió agradecer, a sus instituciones, las fortalezas y el compromiso durante su sexenio y abandonar u olvidar a las miles de víctimas y familiares que sufrieron la represión, censura y omisión del gobierno federal; sus palabras se convirtieron en el inicio del desenlace de su vida política, el último peldaño en una escalera que lo conducirá al sótano de los presidentes que deseamos olvidar.

El flamante arquetipo de Televisa y el PRI decidió mantenerse en su postura de «Lo bueno no se cuenta, pero cuenta mucho» y dirigió su último informe nacional a sus aplaudidores, no a las víctimas, no a sus detractores, no al pueblo mexicano que le ha exigido poner fin a las injusticias y  corruptelas que dañan y perjudican el tejido social; Peña Nieto no quiso dirigirse a los miles de connacionales víctimas, directa o indirectamente, de las malas acciones emprendidas durante su administración, prefirió el aplauso simple —ya ven que luego se queja porque no le aplauden— de sus instituciones; mientras en México, al igual que en la tarde del 13 de agosto de 1521, el hedor a muerte y sangre pulula en el aire que se respira.

Tal vez las palabras de Cuauhtémoc llegaron desprestigiadas a Cortés, quizá el emperador mexica exigía el final de su vida por la impotencia de no defender a su pueblo; derrotado y humillado, sabía que su fin debía ser el mismo que su ciudad y sus habitantes: morir antes que ver humillada a su gente, en ruinas su imperio y en el poder a los conquistadores. El último tlatoani pasó cuatro años más, viendo ese horror que lastimaba su honor, antes de morir.

Peña, por su parte, dio inicio a la recta final de su sexenio, en un país cuyo poder ya no le pertenece, a la espera de ceder la banda presidencial y caer en la muerte (política) de un nombre más que no pudo o no quiso cambiar la historia del país y con un discurso de olvido para quienes más lo necesitaron. Así se despidió el presidente, mientras los muros de la nación están manchados de sangre y a punto de derrumbarse, adelgazados por la presteza de una clase política preocupada por el bolsillo propio; una nación lastimada que mira cómo su gobernante los abandona en el olvido de un nuevo conquistador.

Por Ernesto Jiménez

HOY NOVEDADES/LIBRE OPINIÓN