La plaza del ajolote
Más de una década de guerra no amerita una Guardia (militar) Nacional
La amenazante respuesta del secretario de Seguridad Pública, Alfonso Durazo, para aquellos que intentan frenar la propuesta de crear una Guardia Nacional, abrió una puerta al pasado, directa a la segunda mitad del siglo XIX, cuando el territorio mexicano era, en su totalidad, una lucha de partes ofendidas y ofensoras, en busca del beneficio propio, mientras las autoridades federales intentaban descubrir cuál era su función principal.
Regresar a los militares a sus cuarteles, como sugirió Durazo, no solo refleja un berrinche pueril de quien asumió la responsabilidad de la seguridad nacional, también una falta de sensibilidad y negación ante la actual crisis del país, por si fuera poco, sugiere una política dura para quienes no concuerden con las ideas presidenciales.
Si bien la guerra emprendida por Felipe Calderón dejó un escenario complicado y desolador, también abrió la puerta para reconocer las carencias de la seguridad pública y buscar herramientas y marcos legales que fueran capaces de solventar el actuar de las fuerzas del orden nacional, algo que no se ha aprovechado.
Como en la novela El Zarco, escrita por Ignacio Manuel Altamirano, las fuerzas federales deambulan por el territorio nacional en busca de gloria y reconocimiento, pero salvaguardando su propia integridad. El orden del país —conflictivo, como ahora— intentaba reestablecerse tras una serie de problemas nacionales y extranjeros, entre intervenciones y guerras civiles, el cuidado de la población pasó a segundo y tercer término.
Carentes de armamento para combatir a «Los Plateados», el Ejército mexicano opta por huir, esconderse y simular enfrentamientos y persecuciones; acusa a inocentes y ahorca a presuntos culpables, campesinos casi siempre indefensos que no serán reclamados, todo para justificar su sueldo: su labor está hecha; su orgullo, (casi) intacto y su vida, a salvo.
El pueblo de Yautepec, escribe Altamirano, parecía estar envuelto en las sombras de la noche, aun sin haber terminado de ponerse el sol. «Tal era el silencio que reinaba en él». El miedo reinaba a los pobladores y la impunidad permitió que los bandidos extendieran el terror en la región; mientras el país buscaba su consolidación —40 años después de su independencia— los civiles quedaron desamparados.
En el México actual, «Los Plateados» se han convertido en grandes y pequeñas organizaciones criminales, dedicadas al tráfico de drogas, secuestros, asaltos, extorsiones, asesinatos y un largo etcétera, pero guardan ciertas similitudes con aquellos bandidos de la novela: muchos de ellos son intocables, abundan los chivos expiatorios y poseen más y mejor armamento que el Ejército.
El Ejército Mexicano, y las instituciones de seguridad en general, no ha podido —en más de una década— establecer una estrategia efectiva contra el crimen organizado, peor aún, parte de sus operativos simularon a los de la novela, se excedieron en el uso de la fuerza y, en muchos casos, violentaron los derechos humanos de la población.
No sorprende entonces que se tema casi por igual al crimen organizado que a las dependencias «dedicadas» a la procuración de la seguridad, sobre todo si eres activista, periodista o defensor de derechos humanos. Por eso preocupó a muchos —incluida la vocera de campaña del actual presidente, Tatiana Clouthier— la iniciativa para crear a la Guardia Nacional, bajo un mando y una escuela militar, pasando por alto la crisis de credibilidad y estricto apego a los protocolos de parte de las fuerzas castrenses, aun con la advertencia de las organizaciones internacionales quienes aseguran que no es el mejor camino para pacificar al país.
Por si fuera poco, la solución a la guerra que Calderón inició y abandonó apenas terminado su sexenio es manosear la Constitución para que encaje en la visión presidencial o, de lo contrario, abandonar al pueblo para que luche con sus propias manos. Si esas son las únicas opciones, sálvese quien pueda.
Por: Ernesto Jiménez
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